El hombre vive, el animal existe/
El hombre muere, el animal termina.
VV.AA/Enrique Rojas

Cuando se calcula la esperanza de vida no se tienen en cuenta los momentos que vivimos a medio gas. De ser así, sería mucho más corta. Es la diferencia entre existir o vivir, entre hacer de la vida un viaje llevadero o hacer de la vida un viaje espectacular.

Ante cada decisión, tenemos dos formas de plantarnos en el presente: como rácanos o ratillas que juegan a no perder su botín o como aventureros que buscan un tesoro en cada isla; con defensa de cinco o con tres delanteros y ataque por las bandas.

En una cultura que confunde tener y ser y que al confort llama felicidad, no es de extrañar que se haya interiorizado que el éxito es la ausencia de errores en lugar de saber que el verdadero fracaso es la ausencia de intentos. Esta creencia errónea ha devenido en el extraño hábito del ser humano de medirlo todo, compararlo y razonarlo. Demasiada confianza en la razón, útil para decisiones sencillas, pero corta para las grandes ambiciones. Como dice Ruth Chang, “un mundo lleno de elecciones fáciles nos haría esclavos de la razón”. Lo más importante no se mide en cantidades lógicas, racionales y cuantificables. Lo mejor de tu vida no vas a poder ponderarlo nunca en kilos, metros o grados. Ninguna báscula, regla o termómetro podrá calibrar el peso, poso y calidez que en ti dejaron los buenos momentos.

Esto no es una invitación a ser un temerario o a actuar como un pollo sin cabeza. Es un recordatorio de que el éxito no depende de factores externos, resultados o medallas, sino del desarrollo pleno de las capacidades internas. Dicho de otra forma, el éxito no es ganar la carrera, es correr todo lo que puedas.

La vida no es una bandeja que hay que picotear, es un plato que hay que rebañar”.

Dalo todo y no pierdas el tiempo con lo que no está en tu mano. Por ti que no haya sido. Y ya sea con una pareja, con tus amigos, en un viaje o en un compromiso que no te apetecía nada, intenta exprimir cada momento. Que donde estés, estés, pues estar en un sitio con la cabeza en otro lado es no estar en ninguna parte. Si cabeza cuerpo y corazón no se alinean, no es presencia sino ausencia. La vida no es una bandeja que hay que picotear, es un plato que hay que rebañar.

Dicen y repiten en Tierras de penumbra que “el dolor de hoy es la alegría de ayer”. Lejos de temerlo o rehuirlo, haz del dolor una buena señal y desconfía de las despedidas que ni fu ni fa. De los sitios hay que irse llorando.

Unas veces tendremos que irnos nosotros y otras se irán ellos (momentos y personas), pero si algo es seguro es que no se puede disfrutar aquello que no estamos dispuestos a perder. En el precio de crecer está incluido salir de la zona segura, soltar, moverse. Y una vez empiezas a moverte ya no dejas de decir adiós. Crecer es un continuo echar de menos.

Se trata de un auténtico pacto de valientes: por cada adiós, un saludo; por cada saludo un adiós. Hasta saldar un día las cuentas entre el mayor de los saludos, nacer, y el mayor de los despidos: morir.

Niégate a morir sin un gran epílogo. Yo ya he decidido mi epitafio: quiero uno que ponga algo como “Aquí yace una persona que ojalá se hubiera quedado” o “¡Joder, él no!”. ¿Qué frase quieres tú? ¿Qué has hecho hoy por tu epitafio?

Darlo todo es el refugio y el consuelo de las vidas excelentes”.

Hagas lo que hagas, entrégate, dalo todo y allá lo(s) demás; exponte sin temor a esas experiencias donde las pasiones arden y los corazones ensanchan; cumple tu parte y no racanees a la vida con una versión de ti más baja de lo que puedes dar, porque son esos pequeños ahorros de entrega los que poco a poco van quitando brillo a nuestra historia y van dejando a nuestro paso un rastro de aventuras deslucidas.

Si te dejas algo en el tintero puede que te evites algún borrón, pero también puede que te pierdas uno de los mejores párrafos de tu historia.

Mientras que las garantías son los avales de las existencias pobres, darlo todo es el refugio y el consuelo de las vidas excelentes. Es en el coraje de exponerse ante el mundo sin reservas, a sabiendas de que puede no irnos bien, donde la entrega se convierte en el corsé que mantiene las cabezas altas.

Vive de forma que te duela marcharte.

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