No se puede dejar de ver lo feo sin dejar de ver lo hermoso. O cierras los ojos siempre, o los mantienes abiertos.

El miedo nos ha concedido dos pecados: la insensibilización y la conversión de lo incierto en certeza. Pero al miedo no lo mata el control, sino el amor.

A menudo nos ponemos armaduras pensando que nos protegen, pero solo evitan que nos vean. Tienes que elegir: si no te la quitas, no te van a herir, pero tampoco sabrás lo que es la brisa en la cara o una cálida caricia. (Si no sufres, tampoco sientes, ese era el trato.) Aquí no hay entrenadores,  eres tú quien elige entre salir al ruedo o quedarse en el banquillo, entre no jugar o poder perder.

Preferimos vivir en el ‘no’ que “asentar nuestro campamento en la duda”. En lugar de abrirnos a sentir, nos resistimos a soportar la incomodidad de la incertidumbre que supone no saber si la vida traerá una beso o un puñetazo.

Para vivir de verdad hay que vivir en la verdad (de que todo es incierto), en la vulnerabilidad que exige tener el valor de quitarse la armadura y exponerse a lo desconocido. Es en el coraje donde la vulnerabilidad y el amor se encuentran para acabar con el miedo.

Al miedo no lo mata el control, sino el amor.

La vergüenza

Poco nos causa más pavor que la desconexión o el rechazo. Estamos programados para la conexión, el amor y la integración, por eso estamos aquí.

Estar desconectado es doloroso, sentiste desconectado lo es más, y sentir que mereces estar desconectado lo es todavía mucho más.

Cuando las personas se sienten vistas, oídas, valoradas y cuando pueden dar y recibir sin ser juzgadas, existe conexión. Cuando emerge el deseo innato de formar parte de algo más grande que uno mismo, existe integración. La búsqueda de aprobación responde a ello, pero la auténtica integración surge cuando nos presentamos al mundo con nuestras imperfecciones convencidos de que merecemos que nos den la mano.

La vergüenza es un mecanismo de desconexión en el que nos protegemos de la vulnerabilidad. Es el sentimiento intensamente doloroso de creer que somos imperfectos y, por lo tanto, indignos de amor y de integración.

Frente a la vergüenza, se presenta el reclamo de lo que nunca puede ser despojado: la dignidad. Dice la Rae que digno es “merecedor de algo” (primera acepción), pero el digno es merecedor de todo; dice también que, “dicho de una cosa, es aquello que puede aceptarse o usarse sin desdoro” (tercera acepción), o, traído al caso, una persona digna es aquella que puede ser ella misma sin perder su brillo.

Solo quien que tenga el coraje de ser imperfecto -y la autenticidad de renunciar a quien pensaba que debería ser para ser lo que de verdad es- puede gozar del privilegio de vivir en la vulnerabilidad. Porque solo este sabe que lo que le hace vulnerable le hace hermoso; solo este es capaz de actuar sin garantías y apostar aún cuando pueda no salir bien; solo este está en disposición de ser el primero en dar y encontrar el amor en todo cuanto hace.

“Esto duele. Es decepcionante, quizás hasta descorazonador. Pero no me guío por los valores que ensalzan el afán de triunfar, lograr el reconocimiento y la aprobación. Mi valor es el coraje, y yo he sido valiente. Puedes pasar de largo, vergüenza”.

Brené Brown. Frágil. El poder de la vulnerabilidad.