Pensar está sobrevalorado. Frente a lo que comúnmente se ha dicho, hoy sabemos que el ser humano es un ser más emocional que racional. Emoción y razón no son enemigos, ni lo uno mejor que lo otro. Simplemente, son funciones diferentes para situaciones diferentes.

El uso de la razón, tan útil en unas ocasiones, deviene en traba en otras. El pensamiento es útil para releer el pasado o para operar con el futuro, pero supone un distanciamiento del tiempo presente, el único en que siempre acontece todo cuanto hay.

En una historia de amor, por supuesto que no se pueden desechar ciertos aspectos racionales (fijar el proyecto, determinar si la persona de nuestro lado es adecuada, etc.). No obstante, son los sentimientos y las emociones las que nos van a llevar a disfrutar. Una relación, si es sana, esta para disfrutarla, para crecer y construir.

La duda (me quiere, no me quiere) hace que no disfrutemos en plenitud, que no saquemos lo mejor de nosotros y de la persona a nuestro lado. Si no cuidamos esto, de forma contraria a nuestro deseo, podemos amar con intensidad, pero con un miedo que nos conduzca a lo último que queremos: el fin de la relación. A veces queremos tanto que ahogamos a la persona amada en un abrazo.

Piensa menos, siente más.

Bueno es dejar la cabeza a veces a un lado y vivir con el corazón.