Dar (así como ayudar, amar, perdonar, agradecer y algunos más) es un verbo que nunca debería conjugarse en condicional.

Se suele decir que, si quieres recibir, tienes que dar primero. Si se hace así, la generosidad se devalúa hasta convertirse en un mero intercambio, en una venta donde no importa tanto si primero se da el producto o el billete.

Si esperas algo a cambio, es trueque; si no esperas, es causa. La generosidad consiste en dar sin esperar, es un acto de amor y conexión con el mundo, es tener la gratitud necesaria para reconocer que somos parte de un todo y que compartir no es dar lo que es tuyo, sino redistribuir lo que en verdad es de todos.

En efecto, dar es injusto. También lo es la bondad. Como un día explicamos, la justicia es de tramposos.

Dar para recibir es un acto interesado. La verdadera entrega no espera un retorno, sino que se ajusta al ideal de que si todos diéramos y amáramos, el mundo sería mejor. Da y punto. Cumple con tu parte y allá los demás.

Por eso, no importa quién de más, lo que importa es que cada uno ponga todo a disposición de los demás y lo que juntos se consiga. Así le pasó al 99% y al 1%, que teniendo diferente valor, configuraron un todo.

El hidrógeno nunca tuvo en cuenta si el oxígeno daba menos que él, y gracias a ello todos podemos beber.

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