No te pongas metas, establece una dirección o, mejor, un sentido.

No te pongas metas, define tu causa. La meta es un fin; la causa, eterna.
Recuerda la Física: de toda fuerza deriva una dirección y un sentido; a toda fuerza le sigue un inercia. Si llegas a la meta, si te detienes, significa que acabó tu fuerza.

No uses un mapa, usa una brújula. No persigas una ‘X’ marcada en el valle, sigue una flecha que traspase las montañas.
Fija tu Norte y dirígete a él. Esto no quiere decir que un día vayas a llegar al lugar donde digas “este es el Norte” (hasta las brújulas se vuelven locas si así ocurre), no existen las garantías. Es como la línea del horizonte, inalcanzable, o como una cinta de correr, imparable.
Solo corre dirección a tu Norte y, aunque nunca lo alcances, sí que podrás medir la distancia que te separa del Sur del que partiste y esa, amigo, será tu proeza.

No quieras ser alguien concreto, no te limites. Acepta el maravilloso reto de descubrir quién puedes llegar a ser.

No te pongas metas, porque puede que llegues. Llegar es bueno, claro que sí, pero si trabajas con un sentido es posible que lo superes, y eso es excelente.

No te pongas metas, porque la felicidad está en el camino. Pon bajo tus pies una cinta de correr o mira siempre al frente, pues nadie avanza más que quien con cabeza alta persigue el horizonte.

No quieras ver si llegas a ser lo que te propusiste. Eso, además de limitarte, angustia. Esfuérzate, dalo todo. No quieras ser alguien concreto, no te limites. Acepta el maravilloso reto de descubrir quién puedes llegar a ser.

El sentido de la vida es vivir con sentido. Perderlo, morir.