Lo malo de que no haya cielo son los grandes corazones que, perdidos, quedarán sin recompensa.

Lo malo de que no haya cielo es que no habrá una ventana a los pies de las nubes para mirar y contemplar cómo, aunque quieren, no llegan aquellos que trepando sobre los demás quisieron alcanzarlo.

Lo malo de que no haya cielo es que no verán la inercia de sonrisas que con su fuerza aquí dejaron.

Ojalá existiera, aunque fuera por un instante, para decirle a quien vivió de forma honrada y valerosa que valió la pena. Ojalá existiera por un instante para mostrar a los que no se lo ganaron que estaban equivocados.

Por eso, si somos capaces de distinguir lo que es humano y bondadoso de lo que no, convertirlo en causa por la que vivir y expresar con gratitud cuando lo sintamos en nosotros, no importará que no haya cielo, porque nada habrá más alto.

Unos creerán y otros no. Mientras unos verán en él el descanso merecido tras la vida, otros veremos solo un lugar lleno de estrellas. Si es así, por fin estaremos viendo lo mismo.