(Inconmensurable discurso de Antonio Banderas para recoger el premio Goya de honor. Éxito, esfuerzo, motivación, gratitud, pasión y humildad en cada frase. Inmejorable).

“Todo lo que tengo se lo debo a mi profesión, a la que preferiría denominar vocación. Pero, mucho más importante que esto, no es tanto lo que tengo sino lo que soy.

La vida como una aventura, o quizás como un juego. Siempre me ha gustado la palabra jugar, incluso para definir mi tarea como actor, director o productor. Esto debe servir para revelar la verdadera naturaleza de quien ahora les habla. Decía mi paisano más ilustre, Don Pablo Picasso, que “venía de lejos, pero era niño”. Pues eso, niño. Un chavea de Málaga.

Si desde esa butaca pudiese observar a ese otro yo llamado Antonio Banderas, premio en mano, habría que reconocer que el que está aquí subido no solo me pertenece a mí, sino a mucha gente: a todos esos que le fueron añadiendo trozos de vida, piezas de un puzle de distintos colores y formas; a todos esos ojos que me marcaron un camino, todas esas bocas que hablaron palabras sabias, esas almas que me acompañaron hasta donde hoy estoy, hasta este mismo escenario. Todos ellos soy yo y, de alguna manera, yo también soy ellos. Si miro hacia atrás, me veo viejo, pero si echo la vista hacia adelante, me siento muy joven.

(…)

Con la mirada en el pasado me veo obligado a recordar y rendir tributo a la figura de dos personas que vi hacerse cada vez más pequeñas desde de la ventana de un tren en Costa del Sol a las 6 de la tarde de un 3 de agosto de 1980. Eran mis padres que, asustados de que su hijo hubiese sido víctima de un ataque de insensatez, lo despedían esperanzados de que la razón se impusiese finalmente en la mente de ese niño que fui y que sigo siendo. Pero la razón perdió la batalla, porque no era la mente sino el corazón lo que me guiaba.

Una misión y una determinación viajaban conmigo en ese tren. La misión: convertirme en aquello que admiraba, en esos seres mágicos que desafían al tiempo y al espacio (…); la determinación: nunca, nunca volvería a mi Málaga con las manos vacías. Ahora con este Goya en las manos alguien debe pensar que mis objetivos se cumplieron. Y efectivamente es así, pero solo de forma parcial. La aventura continúa y la ruta se hace más complicada, y por lo tanto, más apasionante. Especialmente ahora, en tiempos de crisis. Pero esta profesión siempre ha vivido en crisis. A veces me he preguntado si el confort y la tranquilidad de lo que es estable, de lo que es permanente, me permitirían ceder ante los complicados entresijos de una vida en el arte. No. La crisis es nuestro estado natural, debe serlo. Hemos de asumir y abrazar la inseguridad de nuestra profesión. Es el caos el mejor aliado de cualquier artista. Debemos disfrutar con las manos sucias en el barro que debemos moldear y con el aliento de la incertidumbre que proporcionan tanto el éxito como el fracaso tras el cuello. En ello hemos de, obligatoriamente, vivir. (…)

La mediocridad se ha convertido en el mayor negocio de nuestro tiempo.”.

Hoy, con la figura de Don Francisco de Goya en las manos, sé que son nuestros artistas, nuestros intelectuales y nuestra cultura la mejor manera de saber lo que somos y de cómo hemos llegado hasta aquí. Y observando algunos de los paisajes –algunos- que se ven a través de esa ventana brillante que todos tenemos en nuestras casas y darnos cuenta de que la mediocridad se ha convertido en el mayor negocio de nuestro tiempo. Hemos de volver a mirar con los ojos bien abiertos para tratar de desentrañar cuál es la advertencia que se esconde tras las obras de Goya o de Picasso, para maravillarnos de cómo fueron capaces Falla, Tárrega, Albéniz o Granados para encajar a España en una partitura. A Cervantes, Unamuno, Valle-Inclán, Lorca, Machado… tatuando sobre papel las miserias y grandezas de nuestro pueblo, también expresado, por supuesto, por Buñuel, Saura, Berlanga y mi queridísimo y admirado Almodóvar, así como tantos otros.

No sé si este premio me llega cuando me tenía que llegar o si lo merezco, pero creo haber sabido sobrevivir con dignidad y constancia entre los bosques de las subjetividades, las mermeladas del éxito, los páramos desiertos del fracaso y las luces de gas. Pero si algo me hace sentir este galardón es un impulso a apresurarme, a deshacerme de aquello que me ha servido hasta ahora pero que ya no quiero seguir usando. Sé que este reconocimiento establece casi como si de un pistoletazo de salida se tratase una carrera contra el tiempo para no dejar lo realmente importante en el tintero, para entregarme en cuerpo y alma a encontrar los caminos que me quedan por recorrer y que espero, creo, deseo y sé que serán los definitivos, aquellos en los que más se me reconozca. Porque ahora me he dado cuenta de algo que en mis inicios estaba oculto y quizás no completamente identificado: ahora sé de forma clara que elegí este camino y opté por subirme a aquel tren porque de forma inconsciente sabía que la cultura y el arte era la mejor manera de entender el mundo en el que me había tocado vivir.

No importa lo lejos que me llevó mi propia trayectoria como actor y el agradecimiento que siento por el mundo de Hollywood –que es mucho por lo bien que allí se me ha tratado y se me ha considerado-, o el respeto que siento por mis hermanos hispanoamericanos. Tienen ustedes que creerme cuando les digo que cada vez que terminaba un plano, una secuencia o una película, mi mente estaba puesta en España. No en Arizona, no en Cleveland, no en Ohio. Para mí lo importante era saber cómo se vería mi trabajo en mi tierra, y para ser más específicos, en Málaga, y para ahondar aún más, en mi barrio (…)

La razón perdió la batalla, porque no era la mente sino el corazón lo que me guiaba.

El futuro reclama un espíritu crítico que los haga ser mejores. Yo reclamo para las nuevas generaciones de actores, directores y profesionales del cine el cariño y el apoyo que les haga sentir y saber que su esfuerzo y su sacrificio no caen en saco roto. Que merece la pena esforzarse (…) 

Creo que todo premio debe ser dedicado. Y yo mandaré esta dedicatoria a quien quizás haya sufrido más mi pasión por el cine, mis ausencias prolongadas, mis compromisos profesionales… Es la persona de la que me perdí los mejores planos, las mejores secuencias y que, sin embargo, ha sido mi mejor producción. Te dedico este premio pidiéndote perdón a ti, Stella del Carmen. A ti, hija mía.

Y ahora me voy porque acaba de empezar la segunda parte del partido de mi vida.

Muchas Gracias”.