Lógica, razón, justicia, verdad, código moral (y recalco lo de código), son “ciencias” de lo exacto, representan lo objetivo y se aplican a lo inmutable.

Pero, ¿funciona la vida acorde a la lógica?, ¿actuamos siempre en función a la razón? De nuestras creencias, ¿apostaríamos todo nuestro dinero a que son verdad?, ¿sacamos el código siempre antes de obrar?
Vivir acorde a la justicia es trampa. Aplicar criterios de objetividad al mundo de lo subjetivo, inundar de verdades el mundo de la ilusiones, aplicar leyes de lo estático a un mundo cambiante… Eso sí es injusto. La justicia es injusta en este mundo.
No podemos permitir que “los justos” nos roben aquel gol en la infancia porque “solo era un gol”, ni aquel te quiero porque “no lo merecíamos”.

Existe un código mucho más grande que la justicia: la bondad. Aunque la bondad no es justa.

La justicia, como todo aquello regido por leyes, está para establecer control, y el control es para evitar el miedo. Ahora bien, la ausencia de este código no debe asustarnos, para nada. Existe un código mucho más grande que la justicia: la bondad. Aunque la bondad no es justa. La bondad es dar sin haber recibido, es mirar con alegría a lo triste, es animar al que transmite desánimo, es ser el primero en mover, quedarse cuando se van, es entregar a quien no puede dar.

No quiero con ello aniquilar la justicia, sino sacarla de este mundo, como el Sol, -pues la justicia es el Sol-, esa luz que nos alumbra para que veamos el camino y distingamos la realidad, pero que nadie querría tocar o moriría abrasado… moriría. La clave no está en eliminar esa luz, sino en mantenerla a la distancia adecuada y saber cuándo apartarse por completo de ella para así disfrutar de bellas noches de pasión e inolvidables domingos de playa.