“Hoy prefiero salir a ganar a quitarme de en medio”, decía el gran Quique González en uno de sus temas. Es un canto al carisma, al esfuerzo y a las ganas de comerse el mundo; una canción que sin duda recomiendo y a la que solo el título mejora: De tanto que lo intenté.

Debemos aprender a ganar, a ganar de verdad. Para ello tenemos que entender bien qué significa, ya que estamos contaminados por un entorno competitivo que ha sometido el término a una mera cuenta de resultados.

Cuando en una empresa se dice que hay que “maximizar beneficios” –lema del capitalismo que nos envuelve- se refiere a incrementar los ingresos, no a mejorar el mundo ni a formar mejores personas (lo cual, por cierto, incrementaría los ingresos). En el colegio se nos pregunta qué nota hemos sacado, no qué hemos aprendido. En una entrevista de trabajo se mira antes los títulos y dónde hemos trabajado que nuestras capacidades.

Visto así no parece raro que el diccionario de la RAE no incluya hasta su acepción número diez, el significado de “mejorar, medrar, prosperar”. Antes, alusiones al sueldo, a la competición o a la superioridad respecto a otro.

La victoria real no es una competición, no es ganar al otro. Necesitamos tener nuestro propio marcador. Tener la copa no te hace mejor. La victoria es una consecuencia que no está en nuestra mano de algo que sí: el esfuerzo, el empeño y el corazón.

La victoria es una consecuencia que no está en nuestra mano de algo que sí: el esfuerzo, el empeño y el corazón.

La libertad y valía del hombre está en qué hace con las circunstancias, pero nunca podrá controlar las consecuencias.
Propongo el paso de una actitud competitiva a otra de desarrollo personal. Bien es cierto que siempre se ha dicho que la competitividad mejora el producto, pero no menos cierto es que también baja el precio. La mejora no debe ser para superar a nadie, es un acto individual de crecimiento.

¿Por qué importa interiorizar esto?

Este cambio de concepto es importante porque la mayoría de nuestros miedos personales nace de vivir en el paradigma de la comparación y la competitividad. ¿Cuántas cosas dejamos de hacer por el qué dirán o pensarán, por no fallar, por si no nos aceptan, etc.?

Quizás fueron aquellas voces que nos dijeron que no éramos lo suficientemente buenos o aquellas otras que nos vieron increíbles las que nos llevaron a querer demostrar que los unos se equivocaban o que los otros estaban en lo cierto. Como si las palabras siempre fueran ciertas, como si nos definieran para siempre, como si no pudiéramos cambiar, como si no pudiéramos escribir nuestro sino. Vivimos bajo el yugo de los adjetivos, y con él seguimos tirando como bueyes que siempre serán bueyes.
En el momento en que actuamos para otros, para demostrar, perdemos el foco de lo que realmente importa, nos limitamos y entramos en la esfera del miedo.

Sé por la noche mejor de lo que eras por la mañana.

Cómo perder el miedo

El miedo se pierde saliendo del mundo de la competitividad, ese que solo mide resultados, y adentrándose en el de la cooperación y el del crecimiento personal, ese que mide el esfuerzo y la mejora individual. No se trata de ser mejor que el de al lado, ni de demostrar nada a nadie, sino de ser por la noche mejor de lo que eras por la mañana. Eso es ganar. Que el esfuerzo conduce al éxito es una frase tan cierta como prohibida para quienes no tengan un concepto adecuado del éxito.

El miedo se pierde con la humildad. A veces nos creemos tan guapos y tan buenos que no sacamos  a bailar a la persona que nos gusta por si nos rechaza y pone en jaque nuestra opinión de nosotros mismos. No hay que creerse nadie, ni nada, ni mejor, ni peor… acabemos con los raseros. Toda calificación y adjetivo tiene su opuesto, por lo que al usarlos se crea una escala en la que se puede empezar a medir o comparar.

Está bien tener referentes, pero mejor si estos en vez de personas son principios nobles. No quieras ser alguien concreto, no te limites, acepta el maravilloso misterio de descubrir quién puedes llegar a ser. De este modo convertirás la vida en un intrigante y emocionante juego de desvelo en el que cualquier cosa es posible. Elige bien los fines, sueña, entrégate con esfuerzo y alma y encomiéndate al destino… Y todo irá bien.