La historia es sucesión, movimiento; el hombre, un “continuo deseando” -un homo volens- que pretendiendo actualizar su voluntad, crea el movimiento y con ello su historia.

Pensemos en una bici o en una peonza. En la primera, si no pedaleamos, caemos; en la segunda, si deja de girar, pierde su esencia. Necesitamos el movimiento para definirnos, y necesitamos una fuerza para movernos. Esa fuerza es el deseo.

Cuando esta fuerza no sucede, cuando nuestra capacidad de desear se ve mermada, caemos como la bici o la peonza, y esto es lo que ocurre con la depresión, el desánimo o la apatía, momento en que ni sabemos dónde ir, ni queremos estar donde estamos.

La vida no es nada en sí, sino lo que en ella ocurre. Hoy (a secas) no es nada, hoy es tu sonrisa por la mañana, nuestro café caliente, una reunión con los amigos o tus ganas de verle… ¡Que ocurran cosas! He ahí el secreto. He ahí la vida. Hay que crear movimiento, deseo.

En las últimas décadas ha surgido una fuerte corriente de estudio de las emociones positivas, (Psicología Positiva), que ha derivado en este boom de motivadores, expertos en desarrollo personal y coaching. Profesiones que, si son llevadas desde la honradez y el estudio, son tan necesarias como nobles. No es casualidad que surja en este momento, en el que las tasas de estrés y depresión son más altas que nunca en Occidente y donde el bienestar se halla en el punto de mira de todos.

Si bien existen dos vías para la motivación (aumentar la necesidad y hacer más atractiva la meta), el verdadero motivador se centra en la segunda.

¿Cuál es la verdadera misión del motivador?
Crear vida. Es decir, ilusionar, crear deseo para que nos lancemos a actuar, para que “ocurran cosas” y así creemos vida.

En  una de las conferencias más emocionantes que se pueden ver en la red, Benjamin Zander quiso demostrar que todo el mundo puede llegar a amar la música clásica. “No hay nadie completamente sordo (sin oído musical), de ser así no reconocería a su madre al coger el teléfono o si un amigo está triste o alegre”. Al final de la exposición, parte de la audiencia acabó llorando. Y es que,  para amar algo hay que conocerlo, entender su esencia, descubrir su belleza. No se puede amar lo que no se ve, y no sabemos ver.

Un pasito más. ¿Cuál es la verdadera misión del motivador?
Mostrar la belleza de las cosas para crear vida.

Vivimos en un mundo convaleciente, parcialmente enfermo. Y el diagnóstico se llama “desensibilización”. Nuestros sentidos están dormidos o aislados. Los ojos miran al suelo de camino al trabajo, el ruido de la ciudad nos aleja del canto de los pájaros y sus luces esconden el cielo estrellado. La envidia nos impide admirar, la frustración abrazar y el rencor seguir adelante.

El mayor problema de mucha gente que camina desorientada no es que no sepa querer, es que no sabe lo que quiere. El ser humano está deseoso de abrazar, pero no sabe qué, y esto es muy peligroso. Por eso, el trabajo de un motivador no es  enseñar a amar, sino mostrar la belleza de las cosas para que las amen. Es un líder que va delante pero vuelve para contarnos las maravillas que vio con tal entusiasmo y verdad que nos resulte imposible no querer verlas también.

Eres un motivadorErich Fromm se preguntaba si el hombre era perezoso por naturaleza[1]. Y aunque lo hizo como recurso literario para poder negarlo, no era vano plantearlo así, pues en ocasiones lo que parece. No existe una pereza aprendida. Así como siempre decimos que la felicidad es el camino y no el destino, el hombre disfruta con la acción. Es con ella que “ocurren cosas”, es con ella que está vivo.

Más. El motivador, además de líder es -o debe ser- un soñador. Los soñadores viven en el mundo de la posibilidad. En su misión de mostrar lo bello emite un aura de ilusión. Desgraciadamente, la palabra ilusión ha sido manchada con tintes negativos que lo asocian a mentira o fantasía utópica. Y no se trata de ilusionar en la mentira, sino de una ilusión basada en la posibilidad.

¡Hay que rodearse de soñadores! Que nos cuenten lo que ven, que nos digan por qué sonríen tanto, por qué tienen tanta fuerza y si nosotros también podríamos tener un poquito de esa alegría de vivir… ¡Que compartan su secreto!

Somos un Homo volens, ese continuo deseando. Si no deseamos, no somos nada.


[1] ¿Es el hombre perezoso por naturaleza? Erich Fromm.