– ¿Qué demonios habrá en esa diligencia?
– Eso es fácil de averiguar: te acercas como si quisieras echar un vistazo.
Si te emprenden a tiros, es oro.

Película: Por un puñado de dólares.

El problema de los seres humanos no es que – como señalan los científicos – vivamos usando solo el 1% de nuestro cerebro. El problema es que lo hagamos usando tan solo el 1% de nuestro corazón.

Si hay una característica que pueda englobar a la mayoría de nuestras relaciones personales es su falta de profundidad. Conocemos a mucha gente, pero la conocemos poco. Nos acostamos con muchas personas, pero con casi ninguna hacemos el amor. Son relaciones – o más bien conexiones – de vínculos muy débiles y de bajo compromiso e implicación. Es la era de las amistades y el amor descafeinados, sin calorías… sin riesgos. Es la era del amor light.

Cuando en los años ’80 empezaron a aparecer en Estados Unidos los primeros productos denominados light, lo hicieron con la promesa de mantener el sabor eliminando los peligros. “Mismo sabor, menos calorías”. Desde entonces, no solo los refrescos, lácteos, salsas o patatas han sucumbido al triunfo de lo light, también lo han hecho algunos valores y comportamientos de nuestra cultura, donde lo superficial y ligero le ha ido ganando terreno a lo profundo y duradero. Es el caso de la forma en la que hoy nos relacionamos y enfrentamos al amor.

El amor no está en la superficie, sino en lo profundo. Para amar hay que sobrepasar la piel. Hay que llegar al corazón.

A pesar del empeño de los anuncios publicitarios, todo el mundo sabe que un producto y su homólogo light no saben igual, lo que no evita que cuando este último se consume persista una reconfortante sensación de estar disfrutando del producto original. Lo mismo sucede en las relaciones íntimas. Detrás de un flirteo puntual hay algo más que un simple juego. Está la sensación de estar practicando el amor en alguno de sus modos, y de hacerlo, además, con las garantías de no poner en riesgo nuestros sentimientos. Es como tocar el fuego con guantes protectores o como bucear entre tiburones metido en una jaula. Se parece, pero no es lo mismo. Es un sí, pero no.

La cuestión no es que prefieras compartir tu vida eternamente con la misma persona en lugar de vivir de flor en flor, eso solo tú lo eliges; la cuestión es que sepas reconocer que amor y polvo, por su implicación y riesgos, no saben igual.

Lo que convierte a una relación en auténtica no es su duración, sino su implicación. No importa que dure una noche, un año o toda una vida. Lo importante es que –sea el tiempo que sea– quienes la comparten se presenten el uno al otro sin escudos y a pleno corazón. Son las mismas defensas que impiden que salgamos lastimados las que evitan que amemos en plenitud. De este modo, cada vez que tratas de suavizar o evitar alguna emoción, automáticamente impides que las demás brillen en su máximo esplendor. No existen los medios tonos. O cierras los ojos siempre, o lo mantienes abiertos. 

No es posible dejar de ver lo feo sin dejar de ver lo hermoso”.

Para disfrutar del amor –el amor verdadero– no basta con rozarlo, hay que meterse de lleno aun sabiendo que el riesgo de hacerlo es elevado. “Mientras está vivo, el amor está siempre al borde de la muerte”, escribe Zygmunt Bauman. Nadie puede garantizarte que quien hoy dice que te quiere, mañana no se vaya, o que lo que ha tardado años en construirse, no pueda en un solo soplo desvanecerse como un castillo de naipes. Exponer el corazón a sabiendas que pueden rompértelo es arriesgado, pero siempre es más valiente que pasearse por la vida protegido por una armadura y convencido de saber lo que significa haber peleado.

Puedes haber visitado más de 100 países y, al mismo tiempo, no haber estado en ninguno. No importa que hayas posado junto a los mayores monumentos de París, Roma o Nueva York, pues hasta que no conozcas la luz de sus calles, el sabor de sus guisos o el olor de sus gentes, no podrás decir que has viajado. Del mismo modo, puede que hayas tenido más de cien citas o dormido con cincuenta amantes, pero hasta que no hayas compartido con tan solo uno de ellos una risa sincera, un llanto profundo y la simple sensación de que cualquier cosa es posible, no podrás decir que has amado. Hasta que todo eso ocurra, tú no has sido viajero. Hasta que todo eso ocurra, tú tan solo eres turista.

Lo peor que puede pasarte en la vida no es irte de aquí con el corazón roto o el cuerpo lleno de heridas. Lo peor que puede pasarte es irte de este mundo sin descubrir que ni siquiera habías estado.

Vivir es atreverse a amar.

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*Este post está incluido en el libro El universo de lo sencillo: 50 reflexiones para crecer y amar como valientes, (4ª Edición). A la venta en España, Argentina, México, Chile, Costa Rica, Paraguay y Uruguay.

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