El tamaño es relativo a aquello con lo que se relacione. En términos físicos, que el universo esté en continua expansión hace que cada vez seamos más y más pequeños. Del mismo modo, el tiempo avanza dejando un instante tras otro en la jaula del pasado y, mientras rueda hacia delante, da lugar a más interacciones, más historias y más todo.

Con este panorama, resulta más fácil engrandecerse que ser grande, y deja a la humildad como única salida verdadera. “No hay bueno o malo – me decía un amigo -, sino mejor o peor”. No hay grande o pequeño, hay crecimiento.

Todo crece a nuestro alrededor a gran velocidad. ¿Se reduce a la misma proporción nuestra arrogancia? ¿Crece nuestra humildad?

Mientras más conocemos, más se abre el espacio del saber, pues en el camino del conocimiento, el espacio ignorado crece más rápido que el conocido. El hombre se enfrenta así a una viciosa frustración, donde ampliar el conocimiento se convierte en una droga que no puede dejar: necesita más, pero más le falta; cuanto más conoce, más sabe que ignora; mientras más ignora, más necesita conocer.

La vida se divide en dos tipos de personas:
los ignorantes que saben que lo son y los que no”.

Crecer es saber que por cada pájaro en mano, hay más cientos volando, es avanzar sin freno como un límite que tiende a infinito sin poder hacer más que eso, como un Sísifo que, en lugar de perder la roca al llegar a la cima, percibe que la montaña es cada vez más alta, su carga más pesada y sus brazos más fuertes.

Queriendo decir “solo sé que sé muy poco”, Sócrates dejó una frase para la historia. Fue una pequeña hipérbole literaria. Ahí va otra, entendedla de igual manera: La ignorancia es la única forma de saberlo todo.